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martes, 23 de diciembre de 2025

SANTA VICTORIA de Tívoli. Una cristiana fervorosa y dada a la caridad con los pobres.

Santa Victoria, virgen y mártir

Memoria: 23 de diciembre y 9 de julio (junto a Santa Anatolia y San Audax)

Santa Victoria vivió en el siglo III, en tiempos de persecución contra los cristianos, y es venerada como virgen consagrada y mártir, modelo de fortaleza evangélica, libertad interior y caridad radical. Según una passio tardía —con elementos legendarios propios de la tradición hagiográfica—, era natural de Tívoli, en la actual Italia, y hermana de Santa Anatolia, con quien compartió una fe viva, exigente y profundamente encarnada en el servicio a los pobres.

Desde joven, Victoria abrazó el cristianismo con todo su ser. Era conocida por su corazón compasivo, su atención a los necesitados y una vida sobria, desprendida de los bienes materiales. Prometida en matrimonio a un patricio romano, vivió el conflicto interior propio de una mujer creyente en una sociedad pagana: por un lado, el matrimonio legítimo y bendecido por Dios; por otro, el deseo creciente de una entrega total a Cristo.

En un diálogo que la tradición ha conservado, Victoria aconseja inicialmente a su hermana Anatolia aceptar el matrimonio como posible camino de santificación y de conversión del esposo. No era una postura frívola ni mundana, sino fruto de una fe realista y prudente, consciente de que Dios actúa también en la vida conyugal. Sin embargo, Anatolia —movida por una llamada interior más radical— defendió con firmeza la virginidad consagrada como signo escatológico del Reino que viene. Su argumento, aunque cercano en la forma a planteamientos maniqueos posteriores, debe entenderse aquí como una exaltación espiritual de la total disponibilidad para Cristo, no como un desprecio del matrimonio.

Este intercambio fraterno no debilitó a Victoria, sino que la condujo a un discernimiento más profundo. Finalmente, ambas hermanas optaron por consagrar su virginidad a Cristo, renunciando libremente a cualquier alianza que comprometiera su entrega. Victoria rompió su compromiso matrimonial, no por desprecio al mundo, sino por amor mayor, por una libertad interior que ninguna amenaza logró quebrar.

La reacción no se hizo esperar. Los pretendientes, heridos en su orgullo, las encerraron con la intención de doblegarlas por hambre o desesperación. Pero lejos de ceder, las dos jóvenes dieron un paso definitivo: vendieron todos sus bienes desde el encierro y los distribuyeron entre los pobres, quedando en absoluta pobreza evangélica. Nada poseían ya, salvo su fe.

Denunciadas ante el emperador Decio, fueron llevadas ante las autoridades. Admirados por su belleza y virtud, optaron inicialmente por el destierro antes que la ejecución. Anatolia fue enviada a Tora, donde alcanzaría el martirio junto a San Audax, uno de sus propios verdugos, convertido por su testimonio.

Victoria fue desterrada a Trebula Mutuesca (actual Monteleone Sabino). Allí, con apenas veinte años, se convirtió en alma y guía espiritual de una comunidad de sesenta vírgenes, dedicadas a la oración, el trabajo manual y la vida fraterna. Fue elegida superiora no por autoridad impuesta, sino por la fuerza moral de su ejemplo, su equilibrio, su mansedumbre y su firmeza. Este episodio motivó que la tradición carmelitana la contase entre sus santas.

La fama de su santidad se extendió rápidamente. La leyenda relata que los habitantes de la región, aterrados por un dragón que asolaba la zona, acudieron a Victoria prometiendo convertirse al cristianismo si ella los libraba del mal. Movida por la fe y la confianza absoluta en Cristo, Victoria se presentó ante la cueva de la bestia y, en nombre del Señor, le ordenó retirarse. El dragón obedeció, desapareciendo para siempre. Más allá del símbolo, este episodio expresa la victoria espiritual del Evangelio sobre el mal, y la conversión masiva que siguió lo confirma.

Pero la luz atrae también la persecución. En el año 250, el resentimiento volvió a alzarse contra ella. Su antiguo prometido, incapaz de aceptar la libertad de Victoria y su creciente influencia, la denunció ante el nuevo gobernador y envió a un mercenario para capturarla. El monasterio fue violentado, y la joven virgen arrastrada ante el prefecto.

Allí intentaron obligarla a ofrecer sacrificios a la diosa Diana. Victoria se negó con serenidad y valentía, proclamando su fidelidad a Cristo. Sin juicio ni compasión, el sicario la atravesó con un puñal en el corazón. Así, consumó su martirio, sellando con sangre la entrega que había vivido desde su juventud.

El pueblo, profundamente conmovido, veló su cuerpo durante siete días. Finalmente, fue sepultada en un sarcófago de piedra en la misma cueva del dragón, transformada en lugar de oración y capilla cristiana.

El culto a Santa Victoria nunca se extinguió. Tras la paz constantiniana se edificó una basílica en su honor. A causa de las invasiones musulmanas, sus reliquias fueron trasladadas en varias ocasiones: en 827 a Ascoli Piceno y en 931 a la abadía de Farfa, donde en el siglo XII se levantó una hermosa basílica. Allí se veneran actualmente sus restos, excepto la cabeza, que junto a la de Santa Anatolia se conserva en la abadía del Sacro Speco de Subiaco.

Las primeras noticias de su vida aparecen en el Martirologio Pseudojeronimiano; posteriormente, el Metafraste y otros autores ampliaron su relato. En el siglo VIII, San Aldhelm le dedicó un poema en De Laude Virginitatis, consolidando su fama. En el siglo XIII, Jacobo de la Vorágine embelleció la narración con diálogos y detalles simbólicos. Finalmente, Baronio la incorporó al Martirologio Romano el 23 de diciembre, fecha de la traslación de sus reliquias.

Santa Victoria permanece como testigo luminoso de una fe libre, femenina y valiente, capaz de unir ternura y fortaleza, discernimiento y radicalidad, caridad y martirio. Una mujer joven que, sin empuñar armas, venció al miedo, al poder y al mal, permaneciendo fiel hasta el final.